Vivo con una maya pipil

Vivo con una maya pipil.  Podrá parecerles extraño pero es cierto.  En el mes de junio de 2014 me ofrecí a darle hogar temporal a una perrita abandonada bajo la lluvia en una carretera.  Delgada hasta los huesos y con una herida abierta que no pudo suturarse en la veterinaria debido a la delgadez de su piel, llegó a mi casa para iniciar  nuestra propia aventura.

Revisando investigaciones antropológicas, he descubierto que los mayas poseían perros como mascotas las cuales eran tan respetadas que tenían el mismo valor que la vida de las personas al punto que podían sustituir a estas en los sacrificios a las deidades.

Según cuentan las crónicas de los conquistadores españoles, los perros de los mayas no ladraban, eran pequeños y tenían grandes orejas. Algunos no tenían pelo (los xoloitzcuintle mexicanos) pero otros sí y acompañaban a sus amos.  La cola enroscada parece ser una característica de las estatuillas encontradas en zona pipil, como es el caso de Cihuatán.

El historiador Miguel León-Portilla rescató un poema en náhuatl dedicado a este perro:

“In itzcuintli”
In ihcuac zan ye nocel,
nican, notech ca notzcuin.
Ompa, in can ye mihtoa,
Quenonamican,
¿azo notech,
ompa ye notzcuin?

“El perro”
Cuando estoy solo,
junto a mí, aquí está mi perro.
Allá, donde dicen
que de algún modo se existe,
¿acaso junto a mí
estará allá mi perro?

La llegada de la maya pipil

Volviendo al mes de junio que les cuento, esa perrita abandonada entró en mi vida.  Mientras mi querido Jack (un golden retriever) estaba en una semana de entrenamiento, ella se fue conmigo porque estaba tan delgada que no soportaba temperaturas de 20 grados centígrados (las normales en el volcán donde se ubica el refugio que la acogió).  No  había  querido comer nada en el refugio, su debilidad y su frío eran tan grandes.

Al llegar a la casa y sentirse protegida comenzó a comer, poco a poco, raciones pequeñas. Recuerdo que un par de días tuve que salir corriendo del trabajo, al mediodía, para ir a darle de comer su pequeña ración.  Siempre la encontraba acostadita en su improvisada cama, reponiendo fuerzas.

Desde el primer día recibió un nombre: Sunza (cortesía de mi esposo).  La Sunza es una fruta “antigua” de El Salvador que ahora es muy rara encontrarla.  Por fuera parece un zapote pero al abrirla se encuentra una gran semilla cubierta de pelos amarillos muy duros pero con un sabor muuuy dulce.  Pues bien, así fue la Sunza desde el primer día.

Su piel fue un desafío: su cola y otras partes de su cuerpo no tenían pelo, solo una costra negra. Sin embargo, tres baños con los productos adecuados seguidos de un buen rato de sol hicieron milagros.

fotos de perrita

Muchos perros callejeros en El Salvador, suelen ser una mezcla indefinida de razas, pero hay un fuerte predominio de esa raza maya-pipil que merece nuestro respeto.  Ellos tienen genes antiguos, que vienen de los perros que acompañaron a nuestros antepasados en la gloria de su civilización así como en la dura servidumbre durante más de cinco siglos.   Les decimos aguacateros, porque en el campo, junto a nuestros antepasados llevados a la pobreza, aprendieron a comer el fruto del aguacate así como el fruto de otros árboles.

Yo soy privilegiada. Cuando veo a la Sunza, me pregunto: ¿cómo llegó a mí esta perrita que mantiene tan definidos sus rasgos maya-pipiles? ¿Còmo ha mantenido su linaje, su tamaño, su pelo corto, sus grande orejas y su cola enroscada? Eso sin mencionar su inteligencia y lealtad.

Cuando alguien nos pregunta en la calle qué raza de perro es, nosotros contestamos sin vacilar y con orgullo: maya-pipil.

NOTAS FINALES:  Jack regresó a la casa una semana después del entrenamiento.  Después de más de dos años juntos todavía no se adapta a toda la energía de su hermana maya-pipil, pero sin duda la quiere.  El nombre completo de la Sunza es Sunza María Guadalupe.  Otro día les cuento esa historia.

dos perros amigos
Jack y Sunza:  ahora hermanos

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