La desesperanza se ahoga en el mar

Puesi es que ella no era ninguna adolescente o sea ,no se puede decir que lo que pasó es porque idealizaba cualquier romance. No.  Ada Elizabeth Sánchez Ortiz  era una mujer de 35 años, ya con edad suficiente para discernir entre lo cierto y la mentira.  Ella  creyó en el amor, ella creyó en ese hombre que sin palabras rebuscadas, le decía que ansiaba ser parte de su mundo. Ella amó y su amor no tuvo un buen final.

Su hija nació cuando ella tenía  32 años. Un año después le nació su hijo.   Ella amaba a su pareja, porque no importa qué tan guapo eres, tampoco cuánto ganes al mes, no importa si eres rico o pobre: nuestra naturaleza humana  nos lleva a creer en el amor a una pareja. Creemos en las promesas, creemos que nos aman con la misma fuerza que amamos y que aman a las crías que procreamos.

El se fue al norte. El se fue prometiendo la remesa puntual para mantener a sus hijos.  Cumplió su promesa durante un tiempo, pero la distancia cambia frecuentemente los sentimientos, y la ayuda no llegó más.  Ella siguió vendiendo “punches” (un tipo de cangrejo pequeño), para mantener a su hijo e hija.  Si duda, eso no alcanza para subsistir.

Imagino la angustia de esta mujer, sus noches de insomnio pensando en las carencias de su familia, la desesperación de no poder comprar alimentos para sus hijos, el pensamiento que volaba hacia Estados Unidos, imaginando a su amado con otra persona, segura de que había sido (simple y sencillamente), ABANDONADA A SU SUERTE.  La depresión tocó a su alma y se instaló a sus anchas en ella.

Debe haberlo pensado durante varios días o semanas, sin embargo, no hubo nadie en su entorno que se preocupara por ella.   Nadie estuvo para preguntarle si necesitaba ayuda.  Según las noticias, ella compartió sus intenciones con algunos familiares (quizá buscando ayuda) , pero nadie se preocupó… quizá porque debían resolver sus propios problemas de subsistencia o porque esta sociedad les ha enseñado a no ocuparse de los problemas del prójimo; lo cierto, es que nadie sintió el dolor de Ada. Ella debió ahogar su llanto sola.  Ella debió enloquecer sola. Si nadie la amaba lo suficiente como para dar de comer a sus hijos ¿para que vivir? ¿por qué permitir que sus bebés sufrieran lo que ella había sufrido?  Ella amaba a sus bebés, entonces debía protegerlos del sufrimiento.

Sin duda, debe haber sido una larga noche.  Ella debe haber visto dormir a sus hijos, debe haber repasado sus rostros demacrados por el hambre. Sin duda recordó la pasión del momento en que fueron creados, pero sobre todo, hizo presente la traición que la ofendió, las remesas que fueron mermando hasta cero, la posibilidad de que su amado tuviese otro amor en Estados Unidos. Ella sintió un  futuro sin esperanzas porque no había remesas que mantuviesen a sus hijos.

playa

Ada caminó hacia lo que creyó su liberación.  Amaba tanto a su hijo e hija, que no podía permitir que siguieran esclavos de la miseria.  Ada los tomó en sus brazos antes de que amaneciera y caminó hacia el mar, mirando firmemente al horizonte. Lo que pasó después es tratado apenas por un par de periódicos.

La historia de Ada no se me aparta de la mente; la  angustia de esta mujer, su deseo por escapar del tormento del hambre de sus hijos, su intento de liberación final.

Por historias como esta, es que me duele mi país, por historias como esta yo no canto el himno nacional 

La desesperanza de Ada se ahogó en el mar y se llevó consigo a dos pequeños que no supieron por qué.  Esto pasa en El Salvador.

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